Vivimos en una época peculiar donde entretenimiento, negocios y política están intrínsecamente relacionados. Comprender el porqué de nuestras elecciones cinematográficas y dónde las hacemos requiere un análisis profundo de un paisaje complejo donde la política internacional y la economía global juegan un papel fundamental en lo que tenemos disponible para ver. Francia se erige como un laboratorio para observar hacia dónde se dirigen estas dinámicas.
Actualmente, el Estado francés ha anunciado un consorcio de ayuda de 1100 millones de euros destinado al cine independiente, es decir, a películas que no son blockbusters ni provienen de Hollywood. Sin embargo, este apoyo se da en un contexto de tensión con Netflix y otros servicios de streaming, especialmente en lo que respecta al tiempo que debe transcurrir desde que una película se exhibe en sala hasta que llega a la plataforma. En el fondo, lo que está en juego es el futuro del cine en salas.
Primero, hablemos de Netflix. Para operar en Francia, la compañía tuvo que aceptar ciertas reglas que la obligan a reinvertir un porcentaje de sus ingresos en la industria audiovisual local. Aunque esta colaboración ha funcionado razonablemente bien, un incidente significativo ocurrió en 2017. Netflix presentó en Cannes dos películas en Competencia oficial: Okja, de Bong Joon-Ho, y Los Meyerowitz, de Noah Baumbach. En la primera conferencia de prensa, Pedro Almodóvar, presidente del jurado, declaró que no se premiarían películas que fueran a streaming, lo que generó un gran escándalo. Esto llevó a un compromiso que exige que las películas se estrenen primero en salas de Francia antes de ser lanzadas en streaming.
En cuanto a las ventanas de exhibición, en la era digital, las expectativas han cambiado. Antes, uno podía esperar años para que una película pasara del cine a la televisión. Hoy, los servicios OTT han reducido significativamente ese tiempo. Por ejemplo, HBO Max permite 45 días entre el estreno en cines y el streaming, mientras que en Francia las ventanas son al menos de seis meses. Disney tiene un periodo de 9 meses, mientras que Netflix cuenta con 15. Esto significa que las ventanas se “lotean”: más se paga, menos tiempo hay entre el estreno y el streaming.
Por otro lado, el gobierno francés ha impuesto que la mayor parte de la inversión se dirija a animación, documentales y shows en vivo. Netflix, junto con Amazon, argumenta que no solo se le obliga a destinar sus ganancias de cierta manera, sino que el Estado también influye en la producción de contenidos. Aquí surge un serio conflicto entre la libertad de expresión y la libertad de negocio.
Finalmente, el mercado de salas en Francia es uno de los más grandes de Europa. Más de cuatro de cada diez entradas vendidas son para películas francesas, lo que demuestra un interés considerable en el cine local. Con más de 157 millones de entradas vendidas en 2025, el Estado francés tiene razones poderosas para negociar con los privados. La batalla no es solo económica, sino que representa dos visiones diferentes del audiovisual.
Para muchos, Netflix se ha convertido en el enemigo en esta lucha. Se argumenta que su modelo erosiona el negocio de las salas a favor de las plataformas. La presión en Francia para reducir las ventanas de exhibición responde a esta misma tendencia. Lejos de rendirse ante la virtualidad, el público ha demostrado una necesidad de la experiencia física del cine, con un crecimiento sostenido en las recaudaciones de las salas.
Al final, el futuro del ecosistema audiovisual podría no resolverse por un decreto o una decisión corporativa, sino por la simple elección del espectador de volver a comprar una entrada.
Francia enfrenta a Netflix en una batalla crucial por el cine en salas.

