Enrique Villegas fue un extraordinario músico argentino, conocido por su virtuosismo como pianista en todo el mundo. En Buenos Aires, siempre fue un hombre curioso y un gran amigo de la música. Se le recuerda como el primer ejecutante de Ravel en el Colón y un destacado oyente de la música contemporánea. El Cuchi Leguizamón, un famoso compositor, lo describió como un gran jazzista y amigo de la cultura popular, dedicándole la hermosa melodía ‘Balada para el Mono Villegas’. Juntos, el Mono, el Cuchi, Manolo Juárez y Gerardo Gandini, compartieron momentos memorables en el ámbito musical.
Villegas provenía de una familia adinerada, pero tras la muerte de sus padres, fue criado por sus tías. Desde pequeño, estudió piano clásico y fue el encargado de estrenar el Concierto en sol de Ravel en Argentina, poco después de su debut en Francia. Su talento era innegable, como recuerda Carlos Franzetti, quien lo vio tocar la Rhapsody in Blue en una cancha de fútbol. El Mono, con su personalidad única, siempre se sintió libre de decidir su camino, lo que lo llevó a convertirse en un músico excepcional.
Franzetti también destacó su carácter directo y sin filtros, lo que a veces generaba incomodidad entre quienes lo rodeaban. En las décadas de 1940 y 1950, el jazz aún era un género exótico en Argentina, y Villegas se destacó como un ‘self-made man’, un verdadero duende de la bohemia porteña. Su pasión por la música lo llevó a ser considerado un aristócrata del jazz, comparable a figuras literarias como Bioy Casares. Recuerda una anécdota en la que, tras un concierto de Oscar Peterson, el Mono afirmó que si tuviera una sección rítmica, sonaría igual que él. Esta declaración generó una acalorada discusión con Oscar López Ruiz, mostrando la intensidad de su personalidad.
Antes de ser conocido como Mono, era llamado ‘Villeguita’ por algunos, como Astor Piazzolla. Su estilo locuaz y sus anécdotas durante los conciertos lo hacían destacar, así como las leyendas urbanas que lo rodeaban, incluyendo su peculiar forma de vivir en un monoambiente con pianos y partituras. A menudo, se le conocía más por su carisma y habilidad como showman que por su música. El crítico Diego Fischerman señala que su personalidad podría haber eclipsado su talento musical, aunque su popularidad entre el público general fue innegable.
El apodo ‘Mono’ fue otorgado por Rodolfo Arizaga, un crítico de música clásica. Villegas lo tomó con humor, a menudo bromeando sobre su habilidad para imitar a los humanos. Entre 1955 y 1958, vivió en Estados Unidos, donde grabó dos discos con su trío. A pesar de las propuestas comerciales, nunca se desvió de su amor por el jazz, lo que lo convirtió en un pionero del género en Argentina. Al regresar a Buenos Aires, formó dos tríos que fueron considerados vanguardistas en improvisación y expresividad. Su primer disco de estudio, ‘En cuerpo y alma’, marcó el inicio de una prolífica carrera, grabando posteriormente varios álbumes destacados, incluyendo colaboraciones con músicos icónicos.
Además, su legado incluye grabaciones inéditas y una discografía completa que resalta su versatilidad y creatividad. Claudio Parisi, periodista y autor de ‘Buscando a Villegas’, recuerda la complejidad de la investigación sobre su vida, encontrando testimonios de varios músicos y amigos que revelan tanto su genialidad como su carácter controvertido. A pesar de su muerte, el impacto de Villegas sigue vivo, y su estilo único aún resuena en el mundo del jazz argentino.
El Mono fue un artista que trascendió la música, creando un vínculo especial con su audiencia. Su famosa frase ‘¡Pianos!’ durante un recital, simboliza su conexión con el público argentino. En su vida, dejó un legado que va más allá de la música, convirtiéndose en un personaje entrañable en la cultura porteña. Su amor por la música y su deseo de compartirla lo hicieron inolvidable.